miércoles, septiembre 14, 2011

Feeling the blues

Now Playing:

She may be the face I can't forget
a trace of pleasure or regret
may be my treasure or the price I have to pay
She may be the song that summer sings
may be the chill that autumn brings
may be a hundred different things
within the measure of the day

- Charles Aznavour -

Feeling Blue !!
Foto: "Feeling Blue !!" por Anant Rohankar

(Se recomienda abrir ésta y ésta página al mismo tiempo para leer este post. Gracias)

La veo a unos metros de mí, sentada frente a una computadora trabajando en quién sabe qué. Si ella me viera, la imagen sería muy parecida. No sé qué está haciendo, pero a juzgar por su cara, debe ser importante...

Sonríe, desde luego. Todos los días sonríe, a todas horas; sólo platicar con ella me contagia y también yo comparto la alegría que no le cabe y le da a todos los que nos cruzamos con ella para después infectar también nosotros a los demás. La risa le queda bien: no me imagino que ella, con su guapura natural y su buen gusto en ropa, fuera a todos lados con el ceño fruncido. Se ríe de los malos chistes, de sus propias anécdotas, de los pequeños accidentes, hasta de su trabajo. Es joven (casi de mi edad) pero ha aprendido a vivir con ganas, sabe que un día desconocido también ella se morirá y nos prepara un testamento en el que nos deja como legado un montón de buenos ratos, de fotos bonitas, de esas pequeñeces que llenan todos los huecos en una vida repleta de "grandes cosas" como la arena llena un frasco que tiene pelotas de tenis.

Pero esa cara no es la misma y yo sé por qué.

Hace unas horas llegué aquí como si nada y sin temer a las supersiticiones que acompañan a este día. Menos de una hora después, leo una línea que me derrumba como un ciclón a un catillo de naipes. Es como un golpe recto al estómago, sólo que el puño no puede verse ni tocarse. Toda mi espalda se llenó de hormigas y perdí la fuerza en mis brazos.

Derrumbarse en medio de la gente puede ser algo peligroso y más si hay clientes en la misma habitación. Así es la tristeza, que llega en cualquier lugar sin tomar en cuenta quiénes están presentes ni qué trabajo tienes pendiente. A veces llega en medio de amigos, a veces llega en la oficina. Derrumbarse inmediatamente no es opción esta vez y debo agradecer que al menos estoy sentado, porque las piernas no me responderían tampoco si estuviera de pie. El pudor del trabajo me ayuda un poco para reestablecerme y me quedo sentado, mandando impulsos para que mis dedos vuelvan a moverse, poco a poco. Regreso a la rutina mecánica y así evito que los extraños me vean en este momento tan vulnerable: soy un trabajador más, no hay por qué alarmarse. Está cansado, eso es todo.

Pero alcanzo el límite antes de lo esperado y me levanto a hacerme un café. El aparato fonador todavía no ha trabajado desde que recibí la bomba y me cuesta separar los labios para recibir mi dosis de cafeína para reanimarme, aunque sea artificialmente. Apresuro una taza, apresuro otra y mientras preparaba la tercera, llega una compañera de trabajo. Hace una nota sobre cómo la oficina está más silenciosa que de normal (yo, con audífonos puestos, no me había dado cuenta). Antes de explicarle mi punto de vista, me habla sobre cómo ella nos tiene a todos así.

Ella, tan sonriente y tan genuina, hoy no puede sonreír. Ahora entiendo por qué no vino ayer y me sorprende que haya venido hoy. Es el tipo de desgracias que lo paralizan a uno y con lo rápido que se va hoy en día, muchos deciden quedarse atrás. Apresuro el tercer café y regreso a trabajar.

La veo a unos metros de mí, sentada frente a una computadora trabajando en quién sabe qué. Pensando en quién sabe qué. No sé qué está haciendo, pero a juzgar por su cara, debe ser... ¿importante? No me imagino qué podrá ser tan importante que pueda tomar su atención en este momento.

Sonríe, desde luego. Pero esa cara no es la misma y yo sé por qué.

Levanto la mirada y luego la vuelvo a bajar. ¿Qué hago? No estoy en posición para decirle nada, si yo mismo estoy mal. No puedo decir quién está peor, no es un concurso. Debería decirle algo, pero no sé qué decirle. Levanto la mirada y otra vez está sonriendo, pero esta vez, por primera vez, reconozco que no es la misma sonrisa de siempre. Se ríe de un chiste malo, pero hay un cierto peso en su voz, una sombra que normalmente no está ahí. Regresa a ver su pantalla y a trabajar en lo que sea que esté haciendo. Yo volteo a la mía y veo muchas otras líneas, sin sentido alguno. ¿Cómo ayudarla a levantarse? Necesitaría estar en un lugar más alto y sus ojos se parecen a los míos en las mañanas más solitarias que veo al espejo. Debería, debería, pero no sé qué ni cómo hacer.

No intenta esconder su pena, no nos da esa mueca grotesca del que intenta aparentar que todo está bien. Se limita a llevar su pena, pero el vacío que deja su risa es suficiente como para que todos carguemos un poco con su pesar. No fuerza la alegría ni se empeña en la tristeza: está en el punto más bajo, en el que uno sabe que llorar no cambiará nada.

En uno de esos momentos de silencio inmenso y obscuro, aparta la vista de su trabajo y se cruza con la mía por mucho menos de un segundo. Ahí comprendo, en medio de los ruidos de fax y el aire acondicionado, que al menos nos tenemos el uno al otro en este momento solo. Y la rutina del día sigue hasta concluir.
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